Un cuento de Educación Emocional

Tras escuchar una entrevista realizada por Elsa Punset a René Diekstra en el programa Redes ―sobre cómo trabajar las habilidades sociales en los niños―,  éste último mencionó un cuento de una tortuga que podía introducirse para controlar los arrebatos coléricos en la etapa escolar. Me interesé por este cuento y lo busqué por la red, y lo encontré con el nombre de LA TORTUGA. No conseguí descubrir quién es el autor o autora (si es que lo hay), de modo que no sé si pertenece a algún escritor o docente concreto, o por el contrario es un cuento que se ha elaborado con un fin educativo mediante una comunidad educativa o psicopedagógica.

La idea del cuento me pareció fascinante, pero las versiones que encontré no acabaron de satisfacerme. Por este motivo me decidí a escribir mi propia versión de este cuento. El original es fácil de encontrar en la red, pero me gustaría proporcionaros esta versión, por si os gusta y os puede resultar de utilidad.

LA TORTUGA Y EL ARMADILLO

   En un bosque había una charca muy hermosa y cerca de la charca vivía una tortuga muy juguetona. Muchas veces se divertía jugando sola, pero le encantaba jugar con otros animales del bosque. El problema era que cuando alguno de los animales del bosque no hacía lo que ella quería o no jugaba al juego que ella había elegido, la tortuga comenzaba a sentir que el corazón le latía con fuerza, apretaba sus manitas y se enfadaba enseguida. Los otros animales intentaban explicarle las cosas, pero a ella le costaba mucho escuchar y hablar cuando se sentía así y a veces sin darse cuenta les contestaba muy mal o incluso les insultaba.

   Poco a poco cada vez menos animales del bosque querían jugar con la tortuga porque sabían que se enfadaba con mucha facilidad y no se sentían cómodos con ella. Por su parte la tortuga se sentía mal. Por un lado porque cada vez se sentía más sola y por otro porque cada vez que discutía con algún amiguito del bosque, después se arrepentía de todo aquello que le había dicho y de las malas formas en las que le había tratado. Ella en el fondo no quería comportarse así, pero cuando se enfadaba parecía que su cuerpo y su cabeza se descontrolaban y no la obedecían.

   Un día, como se sentía sola porque nadie quiso jugar con ella, estaba llorando desconsolada a los pies de un enorme árbol. En aquel momento, el armadillo, que era un animal conocido en el bosque por su amabilidad, al verla se acercó para ver qué le ocurría.

―Hola tortuguita, ¿puedo ayudarte en algo? ¿Por qué estás tan triste? ―le preguntó.

―Es que nadie quiere jugar conmigo ―respondió la tortuga entre lágrimas―, porque cuando me enfado me pongo muy nerviosa, les hablo mal y hago cosas de las que luego me arrepiento, ¡pero no puedo evitarlo! ¡No sé qué me pasa!

   El armadillo la observó pensativo unos segundos y después le habló con una sonrisa:

―Te entiendo perfectamente porque a mí me pasaba lo mismo.

―¿A ti? ―preguntó la tortuga sorprendida―. Pero si todo el mundo sabe que tú eres el animal más amable y tranquilo del bosque.

―Bueno, pero eso es porque cuando me pasaba lo mismo que a ti, aprendí a tranquilizarme antes de hacer algo de lo que después pudiese arrepentirme. ¿Quieres que te enseñe a hacerlo?

―¡Sí, por favor! ―respondió la tortuga mucho más animada.

―Está bien, mira… cuando comenzaba a ponerme muy nervioso y notaba que el enfado me subía por el pecho hasta la cara, que se me ponía roja como un tomate, entonces de inmediato me hacía una bola y me escondía en el interior de mi coraza. Tú lo tienes todavía más fácil porque puedes meterte dentro de tu caparazón. Allí podrás estar un tiempo sin que nadie te moleste. Cuando estaba en el interior de mi coraza primero pensaba «alto», y respiraba profundamente una o más veces. Durante unos segundos solo pensaba en mi respiración y podía comprobar que cuando hacía esto, cada vez podía respirar más despacio y más profundamente. El enfado parecía desaparecer de mi cara y mi pecho. Y cuando ya no notaba su presencia, entonces me preguntaba «¿cuál ha sido el problema?» y después «¿cuál es la mejor manera de solucionarlo sin que nadie sufra?». Así me di cuenta de que podía resolver casi todos mis conflictos sin necesidad de enfadarme o insultar a mis amigos. Al principio me costó mucho y algunas veces no me podía concentrar lo suficiente y no me salía bien, pero con la práctica se puede conseguir. ¿Quieres que practiquemos juntos?

―¡Sí! ―respondió la tortuga con ilusión.

El armadillo y la tortuga estuvieron un tiempo practicando. La tortuga pudo comprobar que al principio era bastante difícil pero, con la ayuda del armadillo, cada vez le salía mejor. Con el tiempo acabó dominando esta técnica, fue recuperando a sus amiguitos del bosque y se dio cuenta de que así podía disfrutar muchísimo más de sus juegos y de la compañía de sus amigos.

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