¿Es conveniente que los docentes den clases a sus hijos?

Como docente hay una pregunta que siempre me ha parecido un gran enigma: ¿Es beneficioso o contraproducente que los docentes den clases a sus propios hijos? Es un tema al que le he dado muchas vueltas y he tratado de analizar, pero pocas respuestas claras he hallado, la verdad.

Siempre he pensado que, del mismo modo que a un policía se le excluye de un caso que le afecta de forma directa y puede afectar a su toma de decisiones, o a un psicólogo o médico no le recomiendan tener de pacientes a sus familiares ―ya que la implicación emocional que ello conlleva puede afectar a su juicio clínico―, tal vez lo mejor sería que los docentes no diesen clases a sus propios hijos. Pero… ¡cuidado! Para mí adoptar esta postura es relativamente cómodo, ya que soy docente pero no soy padre.

Por otro lado, podríamos plantearnos que quién mejor para ayudar a aprender a un niño que su propia madre o padre, sobre todo si estos son docentes, ¿verdad?

Pues… no lo sé, sinceramente. No sé si se han realizado algunos estudios al respecto. Si alguien conoce alguno, le agradecería que nos remitiera a él en los comentarios de este post.

Lo que sí creo es que los maestros solemos tener más preferencia por algunos alumnos que por otros. Al final nuestros alumnos son personas y es normal sentir más atracción o afinidad por unas personas que por otras. Me gustaría decir que a mí eso no me ocurre, pero mentiría ―y quiero pensar que al resto de docentes también les pasa―, por eso siempre he pensado que nuestra profesionalidad consiste en ser capaces de obviar todas estas sensaciones subjetivas y tratar de evaluar a nuestros alumnos de forma objetiva. Quiero pensar que lo consigo pero… ¿es así? Pues, aun a riesgo de parecer reiterativo… no lo sé.

Si como docentes, a lo anterior le sumamos la presencia de nuestro propio hijo o hija en el aula, ¿qué puede ocurrir? Es lógico pensar que puede darse el caso de que inclinemos la balanza a su favor incluso sin ser conscientes de ello. O por el contrario podría ocurrir que le exijamos más que al resto y nos mostremos más inflexibles con él para evitar agravios comparativos, lo cual no sería conveniente para el niño o la niña. También podría ocurrir que los conflictos ocasionados en casa con nuestro hijo o hija se arrastrasen al ámbito académico y al contrario.

Por otro lado podría darse el caso de que, por el mero hecho de saber que nuestro hijo o hija esté presenciando cómo desarrollamos nuestra labor docente, esto nos sirva de inspiración para mostrarnos más profesionales y eficientes para darle ejemplo. O tal vez le tratemos como un alumno más, sin mayores consecuencias. ¿Sería esto último posible?

Los estudios en neurociencia han desvelado que cuando un progenitor reconoce la cara de su hijo, en su cerebro se activan los circuitos de recompensa cerebral, relacionados con la liberación de dopamina. Además, en laboratorio se ha comprobado que cuando una madre observa fotografías de su hijo, el córtex frontal pierde activación, y este es necesario para realizar juicios valorativos de forma crítica. También se sabe que la presencia de personas por las que sentimos afecto provoca la liberación de oxitocina, una hormona relacionada con el establecimiento de las relaciones sociales y, según varios autores, con la felicidad y las sensaciones placenteras.

Lógicamente la presencia de un hijo provoca estos efectos en nuestro cerebro de forma considerable, ya que pocos vínculos son tan potentes como el de un hijo y sus progenitores. La pregunta es… ¿esto puede afectar a nuestro procesos cognitivos, nuestro proceso de toma de decisiones y nuestro juicios valorativos a la hora de tratar o evaluar a un alumno con el que tenemos una relación afectiva tan estrecha? ¿Es posible ser lo suficientemente profesional y racional para entender la presencia de estos procesos fisiológicos, así como su impacto sobre nuestro estado emocional, y aun así mostrarnos objetivos e imparciales? ¿Qué pensáis vosotros?

¡Nos gustaría que nos dejaseis comentarios con vuestra opinión! ¡Especialmente si sois padres docentes!

¡Hasta pronto!

18 marzo, 2018

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