Efecto Flynn ¿Nos hacemos más inteligentes?

Efecto Flynn

Hace 28 años, James R. Flynn, investigador de la Universidad de Otago en Nueva Zelanda descubrió un fenómeno para el que los sociólogos aún buscan explicación (el efecto Flynn):

Los resultados en las pruebas de coeficiente intelectual (CI) han venido mejorando sin cesar desde principios del S. XX. Flynn examinó los tests de inteligencia de más de dos docenas de países y descubrió que las puntuaciones se incrementaban a razón de 0’3 puntos por decenio.

Esta progresión, hoy conocida como efecto Flynn, ha sido confirmada tras casi 30 años de seguimiento en numerosos países. Las puntuaciones continúan en alza.

“Para mi sorpresa, el aumento prosigue aún en el siglo XXI” observa Flynn, cuyo último libro: Are we getting smarter? (¿Nos hacemos más inteligentes?), Cambridge University Press, fue publicado en septiembre de 2012. “Los datos más recientes indican que, en EE.UU. la progresión continúa al ritmo de tres décimas al año”.

Uno de los aspectos más insólitos del efecto Flynn es su inexorable monotonía. No se ralentiza; tampoco se detiene y vuelve a empezar. Progresa sin más.

Joe Rodgers, psicólogo de la Universidad de Oklahoma, examinó los tests de inteligencia de casi 13.000 estudiantes estadounidenses para comprobar si podía aislar el efecto en escalas de tiempo más gruesas: “Nos preguntábamos si las puntuaciones de los estudiantes quizá mejoraban en períodos de cinco o diez años. Bien: mejoran en períodos de un año” asegura Rodgers. “El aumento aparece de manera sistemática año tras año”.

El efecto Flynn implica, que en promedio, un niño obtendrá en los tests de inteligencia unos 10 puntos más que sus padres a la misma edad. Por tanto, nuestros descendientes de finales de siglo nos llevarán una ventaja de 30 puntos, lo que según criterios actuales correspondería a la diferencia entre una inteligencia media y la del 2%, la de los superdotados, al menos si el efecto Flynn continuase como hasta ahora….

Pero ¿proseguirá la tendencia de manera indefinida, hacia una población llena de individuos que hoy consideraríamos genios, o existe algún límite natural a la inteligencia humana?

La mente moderna

Poco después de admitir la realidad del efecto Flynn se observó que el aumento del CI obedecía casi por completo a ciertas mejoras en partes muy concretas de algunos de los tests de inteligencia más comunes. Uno de ellos la escala Wechsler de inteligencia infantil (WISC).

Esta escala consta de varias secciones, cada una de las cuales ha sido diseñada para evaluar unas destrezas concretas. Quizá cabría esperar que las mejoras se produjesen en los apartados relativos a la inteligencia cristalizada (aquella asociada a los conocimientos que se adquieren en la escuela). Sin embargo no sucede así: los resultados relativos a la aritmética o al vocabulario se mantienen prácticamente constantes a lo largo del tiempo.

La mayor parte del aumento observado en el CI procede de dos subpruebas, ambas dirigidas a evaluar la capacidad para el razonamiento abstracto.

Una de ellas se ocupa de las semejanzas entre objetos y plantea preguntas del tipo ¿en qué se parecen una naranja y una manzana? Una respuesta del tipo

“las dos son comestibles” puntúa menos que “ambas son frutas” pues esta última trasciende las propiedades físicas más simples.

En la otra prueba se muestran varias figuras geométricas, las cuales guardan entre sí ciertas relaciones de carácter abstracto que el sujeto debe identificar.

Una de las paradojas del efecto Flynn reside en que se basa en las puntuaciones obtenidas en tests fueron diseñados para arrojar un resultado no verbal e independiente de la cultura (de lo que los psicólogos conocemos como inteligencia fluida).

Numerosos investigadores –Flynn entre ellos- sostienen que el aumento del CI no refleja un incremento de la potencia cerebral bruta. Más bien el efecto Flynn indicaría cuan modernas se han hecho nuestras mentes. Pruebas como las mencionadas exigen reconocer categorías abstractas y establecer relaciones entre ellas. Y esa capacidad, sostiene Flynn, se ha revelado más útil en el siglo XX que en ningún otro momento de la historia.

Tal vez no seamos más inteligentes que nuestros antepasados, pero no cabe duda de que nuestras mentes han cambiado. Flynn cree que dicha transformación comenzó con la revolución industrial, la cual dio lugar a la educación generalizada, a familias con menos hijos y a una sociedad en la que las labores agrícolas se vieron reemplazadas por tareas técnicas o de planificación. Surgieron nuevas clases profesionales (ingenieros, electricistas, arquitectos industriales…) que exigían el dominio de principios abstractos.

En líneas generales, casi todos los expertos convienen con Flynn en que el origen del efecto que lleva su nombre se halla en la Revolución Industrial y los avances técnicos.

Algunos investigadores han atribuido el incremento del CI medio durante el siglo XX a un aumento en el “extremo izquierdo” de la distribución de puntuaciones entre la población; es decir, a los progresos por parte de los individuos que obtienen puntuaciones más bajas.

Evolución mental

¿Qué nos depara el futuro? ¿Seguirán aumentando las puntuaciones en las pruebas de inteligencia? De lo que podemos estar seguros es de que el mundo que nos rodea va a seguir cambiando.

Flynn recurre a una analogía mecánica para describir la interacción a largo plazo entre mente y cultura: “En 1900, la velocidad de los automóviles era ridícula porque las carreteras eran nefastas. Con los vehículos actuales, en ellas nos haríamos pedazos”. Pero las carreteras y los coches coevolucionaron. A medida que mejoraron las primeras, también lo hicieron los segundos. A su vez, los avances en automoción espolearon a los ingenieros para construir mejores carreteras. Nuestra mente y la cultura se hallan ligadas por un bucle de retroalimentación parecido. Estamos creando un mundo en el que la información adopta formas y velocidades inconcebibles hace sólo unas décadas. Cada avance técnico exige mentes capaces de acomodarse a los cambios; estas, una vez adaptadas, vuelven a perfilar el mundo. No parece probable que el efecto Flynn se detenga durante este siglo, lo cual presagia un futuro en el que los habitantes de principios del siglo XXI seremos considerados premodernos y carentes de imaginación. Por supuesto, los cambios en nuestra mente no se limitan a los que dejan su huella en un test de inteligencia”.

“La gente reacciona cada vez más rápido” puntualiza Hambrick.

“Una práctica habitual en los experimentos que miden tiempos de reacción consiste en descartar las respuestas que se producen en menos de 200 milisegundos. Se pensaba que era imposible reaccionar en un tiempo menor de 200 milisegundos. Pero si habla con alguien que realice este tipo de experimentos, le dirá que cada vez están teniendo que desechar más ensayos. La gente reacciona más rápido. Enviamos mensajes de texto, nos sumergimos en videojuegos y nos embarcamos cada vez en más actividades que requieren respuestas inmediatas. Una vez se disponga de datos suficientes comenzaremos a medir un efecto Flynn asociado a la velocidad de percepción”.

Tal vez el efecto Flynn no debería causarnos tanta sorpresa. Más llamativa sería su ausencia, pues eso significaría que habríamos dejado de responder al mundo que hemos creado. Por sí mismo, el efecto Flynn no es bueno ni malo: refleja nuestra capacidad de adaptación. Las destrezas que ello revela pueden emplearse tanto para destruir como para crear. Con suerte, tal vez sigamos creando un mundo que nos haga cada vez más inteligentes, uno en el que nuestros descendientes se maravillen de nuestra candidez.

Extraído de un texto de Tim Folger.

1 responses on "Efecto Flynn ¿Nos hacemos más inteligentes?"

  1. Un artículo recomendable, felicidades.

Leave a Message

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

X