¿La era de la información?

Nuestro mundo actual, es un lugar conectado por una inmensa red de telecomunicación, y hoy tenemos acceso a múltiples opiniones y maneras diferentes de ver la vida. Pero, aunque esto parezca algo normal hoy en día, la verdad es que es un hecho reciente que ha cambiado de forma radical nuestras vidas.  La democratización de la información es uno de los grandes logros de nuestra historia como seres humanos, ya que una gran mayoría de personas podemos tener acceso a un sinfín de información y podemos acceder a ella de múltiples maneras (libros, revistas, radio, televisión y cómo olvidarlo, internet). Y, ¿por qué es un logro?, bueno, antes la información solo estaba disponible para aquellas personas que pudieran permitirse comprar libros o tener un televisor o para aquellas personas que entendieran estos medios, es decir gente alfabetizada. Por suerte, la tendencia ha sido que más personas puedan acceder a la información y también entenderla (que no siempre comprenderla).

Pero como en todo cambio, más si es tan rápido y radical, conlleva unas consecuencias y un periodo de adaptación a ellas. También requiere tiempo para poder asimilar si estos cambios nos benefician o, por el contrario, nos perjudica como sociedad y como personas individuales. Así, se podría preguntar: ¿Estar expuestos a un bombardeo diario información, nos “anestesia” de alguna manera?, ¿es más sencillo manipular la opinión de las personas?, ¿quién controla todos estos medios, y bajo qué propósito?, etc. Este tipo de cuestiones, son importantes debatirlas porque es algo que nos incumbe a todos. Ahora, este cambio en el acceso a la información también produce otro tipo de cuestiones y situaciones más cotidianas. Por ejemplo, la siguiente situación:

Cena con los compañeros del trabajo, todos son risas hasta que sale un tema que puede crear polémica (inserte aquí uno como: la dieta vegetariana u omnívora, inmigración, derechos animales, etc.) Entonces aquí empieza, una especie de torre de babel de ideas, todos tienen una opinión sobre el tema y todos ellos creerán que su opinión es la correcta. La mayoría, gracias al acceso de la información, tienen una opinión formada (sea por investigaciones, libros, o una charla TED). En esta cena puedes encontrarte en dos bandos, uno en el cual defenderás tu opinión como si fuese una batalla a muerte y otro en donde te quedarás acorralado en la esquina de “toda opinión es válida, menos la mía”, no vaya a ser que ofendas a alguien.

Esta actitud de sentirnos ofendidos cuando cuestionan nuestra opinión o, por el contrario, de no querer expresar lo que pensamos por ser demasiado cautos, aparece porque a pesar de estar informados más que nunca en nuestra historia, no se nos ha enseñado a cómo hacer un uso constructivo de esta información; ya que parece que cuando estamos en una discusión tenemos que ganar, o por lo menos no perder, ante nuestro adversario (amigos, pareja, compañeros…). Se olvida muchas veces, que se discute con ideas u opiniones y no con personas. Sentimos que cuando estamos inmersos en un debate, lo que está en juego es nuestro valor como persona y en estas condiciones es difícil entablar una conversación en la que se pueda sacar algo de provecho.

Para poder tener una discusión en la que podamos aprender algo y no convertirla en una batalla. Primero, tenemos que ser conscientes que “sentir” y “hacer”, no es lo mismo. Es decir, “sentirme ofendido o que pueda ofender” no es lo mismo que “ofender a alguien u ofenderse”. Una emoción concreta, como el enfado o el miedo, es un evento natural que aparece en una situación específica, por la historia que hemos tenido con ese evento concreto, y cada historia personal es única. No es lo mismo que cuando quería expresar mi opinión, de pequeño, me castigaran, que por el contrario me premiaran por hacerlo. Estas experiencias pasadas influirán en la manera actual de relacionarme en una discusión. Pero, que sienta algo (aunque sea natural) no significa que sea cierto, es decir que alguien pueda estar en desacuerdo con mis creencias, no significa que quiera ofenderme o tentar a mi honor, simplemente puede significar que la otra persona tiene otras creencias u opiniones y son tan respetables como las mías.

En segundo lugar, poder diferenciar que opinar no es lo mismo que argumentar. La primera se trata de dar a conocer un punto de vista, no está basada en datos empíricos, tiene que ver con una vinculación afectiva y personal. En cambio, para argumentar necesitamos basarnos en datos que puedan ser contrastados, alejarnos de la subjetividad y acercarnos a la objetividad. Por lo tanto, si una discusión la basamos en ideas personales, debemos estar preparados para que las demás personas hagan los mismo, en este terreno no hay mejores ni peores, malas o buenas opiniones, simplemente son eso, una visión subjetiva de un tema concreto. Y, con la argumentación, debemos estar preparados para defenderla, sea con datos o con estrategias lógicas o dialécticas, en este punto sí que se puede hablar de mejores o peores, buenas o malas argumentaciones, puesto que se puede discutir a cómo se ha llegado a esas conclusiones.

Por último, y sobre todo con la argumentación, para poder enriquecernos con el intercambio de información, sería adecuado reconocer y evitar hacer uso de las falacias. Una falacia es un razonamiento inválido o engañoso con apariencia de correcto que pretende ser convincente. Cualquier comunicación honesta debería prescindir de ellas en la medida de lo posible, por lo que conviene estar muy al tanto de cuáles son, cómo detectarlas y combatirlas. A continuación, se presentan algunas para que se reconozcan y se puedan rebatir.

  • Argumento ad hominem (del latín, «contra el hombre»). Se ataca a la persona que presenta el argumento y no al argumento en sí. Por ejemplo: “No puedes opinar del desempleo si tienes trabajo”, “Lo que dice María sobre la maternidad, no se puede tener en cuenta porque no es madre”.  Para poder rebatirla hay que identificar el ataque y demostrar que ni la personalidad ni las circunstancias de la persona tienen nada que ver con la verdad o falsedad de la idea que se defiende.
  • Falacia del hombre de paja.  La persona ataca una idea creada a parte y generalmente más débil que la idea original. Por ejemplo: “con relación a tu idea de que los hombre y mujeres tienen los mismos derechos, he de decirte que la biología ha demostrado que somos diferentes…” Aquí, la persona desvía su argumentación a otro tema que no tiene que ver con el inicial (igualdad de género). Para rebatirla, muéstrele a su interlocutor que, aunque pueda tener razón lo que dice, se está desviando del tema principal y que son dos temas diferentes.
  • Argumento de autoridad. Consiste en defender algo como verdadero porque quien es citado en el argumento tiene autoridad en la materia. Es el opuesto al de ad hominem. Ejemplo: “mi nutricionista me dijo que tomar café es malo”. Que una idea pueda ser verdad o no, no depende de la persona quién lo diga. Para rebatir esta falacia, señale que lo importante no es quién lo diga sino cómo se han obtenido esos datos.
  • Llamada a la ignorancia. Es una falacia que consiste en sostener la verdad (o falsedad) de una proposición alegando que no existe prueba de lo contrario, o bien alegando la incapacidad o la negativa de un oponente a presentar pruebas convincentes de lo contrario. El típico “el que calla otorga”. Ejemplo: “como no me puedes mostrar que la tierra es esférica, por lo tanto, es plana”. Para rebatirla hay que señalar que, aunque no se pueda demostrar una cosa, no la hace falsa, no porque no pueda demostrar (porque no tenga conocimientos) que la tierra es redonda, este hecho la hace plana.
18 abril, 2018

1 responses on "¿La era de la información?"

  1. Excelente artículo. Felicitaciones!

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