El poder del efecto placebo

El placebo se define como una sustancia que, careciendo por sí misma de acción terapéutica, produce algún efecto favorable en el enfermo, si este la recibe convencido de que esa sustancia posee realmente tal acción. Esto significa que el efecto de un medicamento puede ser positivo ―incluso cuando éste es inerte y no presenta ningún agente activo―, siempre y cuando el paciente esté realmente convencido de que está tomando una droga con propiedades terapéuticas. A este fenómeno se le conoce con el nombre de Efecto Placebo.

Irving Kirsch, director asociado del Programa de Estudios del Placebo y profesor de medicina en la Universidad de Medicina de Harvard, afirma que las expectativas que las personas presentamos ante algo que va a ocurrir son determinantes a la hora de cómo experimentaremos lo que ocurra. Del mismo modo, pero en sentido inverso, afirma que «la manera en que nos sentimos depende en gran medida de cómo anticipamos que nos sentiremos». Esto se debe a que nuestros sentimientos tienen una relación directa con nuestras creencias. Por este motivo, que un medicamento funcione, no dependerá únicamente del agente activo del mismo; también dependerá en gran medida de si el paciente cree que funcionará o no.

En medicina, los placebos comenzaron a subministrarse con la finalidad de “engañar” al paciente y complacerlo, pero se desconocía que este engaño pudiese tener algún tipo de influencia real en el proceso de curación. Fue durante las décadas de los cincuenta y los sesenta, cuando se comenzó a tener conciencia de esa influencia, de modo que este fenómeno se tuvo que comenzar a controlar, para lo cual debieron comparar los efectos provocados por los fármacos con agentes activos reales y los placebos que hasta el momento se habían considerado inocuas pastillas de azúcar sin ningún poder terapéutico.

Es un hecho, estudiado y aceptado por la comunidad científica, que cuando un médico nos trata de forma afectiva, mostrando verdadero interés por nuestro estado de salud y generando un ambiente de confianza y seguridad durante el tratamiento, parece que esto nos condiciona y favorece que nuestra recuperación se dé de forma más efectiva. Esto demuestra que el estado emocional de un paciente tiene una gran repercusión en el transcurso de su tratamiento.

¿El efecto placebo es solo subjetivo, o realmente produce algún efecto en el cuerpo?

En la década de los cincuenta, un investigador médico de la Universidad de Cornell, hizo un experimento a este respecto. Ofreció un placebo en un tratamiento  y de inmediato comprobó que éstos producían una mejora. No obstante quiso llegar más allá y averiguar si el placebo había provocado un simple cambio en la percepción subjetiva del paciente en cuanto a sus síntomas, o si realmente había provocado un cambio en el organismo. Para su sorpresa, acabó por descubrir que el placebo había generado cambios fisiológicos reales que aliviaban los síntomas del paciente. De esto se concluye que nuestra mente, nuestras creencias y nuestro estado emocional, generan cambios cuantificables y medibles en nuestro cuerpo.

Cuando experimentamos determinados estados emocionales, el cerebro puede segregar sus propios fármacos, como es el caso de las endorfinas, que nos ayudan a minimizar la percepción del dolor. Esto puede suponer que alguien con un dolor determinado podría experimentar una mejora si le ofrecemos un placebo y está totalmente convencido de sus efectos curativos.

Lo que realmente te puede interesar saber es que este fenómeno no se limita exclusivamente al ámbito médico, ya que parece ser extrapolable a las diferentes situaciones que podemos experimentar en nuestro entorno social o personal. Por ejemplo, si antes de acudir a un evento piensas que va a ser divertido, es más probable que te diviertas que si vas pensando que será tedioso y aburrido.

 En relación a esto Irving Kirsch nos hace referencia al concepto de «indefesión aprendida», teoría elaborada por el psicólogo Martin Seligman, la cual nos explica que se puede aprender a ser negativo teniendo unas expectativas pobres sobre nuestro futuro. Este tipo de pensamientos nos genera una emoción de tristeza y desolación, que nos hace anticiparnos a hechos que todavía no han ocurrido.  Pero también podríamos desarrollar un optimismo aprendido que nos ayudase en la consecución de nuevos resultados. De este modo, esto, además de ayudarnos en la recuperación de un posible episodio depresivo, también nos ayudaría a prevenir otros posteriores.

Es esencial que entendamos esta relación entre nuestras creencias y los estados emocionales que estas nos generan. De este modo podremos hacer un mejor planteamiento de nuestras expectativas y trabajar para conseguir una manera de ver el mundo más positiva que nos sirva como factor preventivo para poder preservar una mayor salud psicológica y emocional.

 «Tanto si crees que puedes, como si crees que no puedes, estás en lo cierto» Henry Ford.

Como hemos visto, nuestras creencias y nuestras expectativas sobre hechos futuros, tienen una gran relevancia a la hora de percibir la realidad. Nuestros pensamientos determinan cómo nos sentimos y cómo vamos a hacer frente a la situación que tendremos que vivir. Por este motivo Elsa Punset nos habla de la importancia de las visualizaciones como herramienta para trabajar nuestras expectativas sobre el futuro. La visualización es una herramienta relativamente sencilla que nos sirve para dos cosas:

1. Ayudarnos a construir un futuro diferente.

2. Cambiar la forma en la que experimentamos los hechos.

Desde Nueces y Neuronas, te recomendamos llevar a cabo la siguiente práctica. Siéntate en algún lugar cómodo y silencioso. Cierra los ojos y trata de verte a ti mismo cumpliendo algún objetivo que te gustaría llevar a cabo. Puede ser cualquier cosa que creas que te puede hacer más feliz como aprender un idioma nuevo, tocar un instrumento, trabajar en aquello que siempre te ha gustado,… Cuando consigas configurar esa imagen en tu mente trata de darle vida. Dale intensidad a los colores, dota la imagen de movimiento y sonido. ¿Percibes algún olor? ¿Qué sientes? ¿…? Mantén esta imagen en tu mente durante unos minutos y finalmente, realiza una respiración más profunda y abre los ojos lentamente.

Es importante trabajar la visualización unos minutos al día o al menos a la semana. Esto se debe a que es posible que tengamos problemas para configurar en nuestra mente la imagen de un objetivo o una meta, por eso debemos aprender a configurarla. ¡Ni con el mejor GPS del mundo podríamos llegar a nuestro destino si no sabemos hacia dónde nos dirigimos!

«Hay algo que peor ser ciego, poder ver y no tener una visión» Helen Keller

Una vez seas capaz de proyectar esa imagen en tu mente, te recomendamos que realices una acción al día (por pequeña que sea) que te lleve en esa dirección. Si lo haces, a lo largo de una semana habrás realizado 7 acciones, a lo largo de un mes 30, y pasado un año habrás conquistado más de 350. Además también te recomendamos que las vayas registrando para que puedas comprobar de un golpe de vista todo lo que has avanzado y esto te ayude a no desistir hasta alcanzar tu objetivo. ¡Suerte y mucho ánimo! ¡Sabemos que puedes hacerlo!

A continuación os mostramos un vídeo sobre el programa Redes en el que Irving Kirsch nos habla sobre el poder del efecto placebo, y Elsa Punset nos da algunas claves para llevar a cabo nuestras visualizaciones. ¡Esperamos que os sea útil!

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