Una bella muerte

Ante los muros de Troya, frente a Aquiles, Héctor se detiene por unos instantes. Es consciente de que pronto va a morir, aunque ahora vencer o sobrevivir no esté en sus manos, sólo de él depende el cumplimiento de eso que exige, según la opinión general y la suya propia, su condición de guerrero: hacer de su muerte una forma de gloria imperecedera. “No, no puedo concebir morir sin lucha ni sin gloria, sin realizar siquiera alguna hazaña cuyo relato sea conocido por los hombres del mañana” (Vernant Jean Pierre, 2001)

Homero nos relataba, a través de su Ilíada y Odisea, la manera que en la Grecia clásica se comprendía el mundo. La forma de entender el amor, la amistad, la guerra, la vida y también la muerte. De esta última nos mostraba una visión, que hoy en día nos puede parecer un poco extraña, nos enseñaba mediante sus personajes (ej., Aquiles, Ulises o Héctor) que la muerte más que un suceso que querían evitar a toda costa, la aceptaban como un evento natural de la existencia e intentaban mantener un estilo de vida particular para que, cuando llegara el momento de embarcar junto a Caronte pudiesen tener lo que ellos comprendían como una bella muerte (kalòs thánatos).

Esta manera de morir consistía en afrontar la batalla con honor y gloria, dando lo mejor de sí y en el caso de Héctor vender su derrota a un alto precio para proteger a los que amaba. Estos guerreros cuando llegaba el momento de la verdad afrontaban su destino seguramente con miedo y preocupación, pero también con entusiasmo porque era un momento valioso en donde poder mostrar que eran dignos de una bella muerte. Eligieron en todo momento cómo vivir y sobre todo cómo morir, mirando a las dificultades de frente y luchando por lo que ellos consideraban como valioso. Así lo hizo Héctor frente a Aquiles.

En la actualidad hablar de la muerte parece que sea tabú, nos ponemos nerviosos e incluso nos enfadamos si se habla de este tema, mostrando el disgusto que nos genera, aun siendo en la vida lo más seguro que tenemos (una paradoja de nuestra existencia).  Pero, puesto que es inevitable el encuentro con nuestro funesto destino, sería ideal que, al igual que los antiguos guerreros Helenos, poder decirle a la muerte que, si hubiese un segundo encuentro, volveríamos a hacer lo mismo. Digo que sería ideal, ya que por desgracia vivimos una vida que se aleja de nuestros valores y al final hay más arrepentimiento que satisfacción. Así nos lo relata la enfermera británica Bronie Ware (2011), quien ha trabajado en cuidados paliativos y ha acompañado a personas en su lecho de muerte, mediante una recopilación de los cinco arrepentimientos más comunes entre la gente que tiene cercana su muerte.

1. No haber tenido el coraje de haber defendido lo que consideraba valioso y haber vivido cumpliendo las expectativas de los demás.

Este es uno de los arrepentimientos más comunes, según comenta la autora, en aquellas personas que están a punto de morir. Nos pasamos gran parte del tiempo de nuestra vida cumpliendo metas y expectativas que otras personas o la sociedad arroja sobre nosotros (p.ej., tener una carrera, casarte, tener hijos, un trabajo reconocido, un buen cuerpo, etc.) Pero nos olvidamos de vivir en pro de lo que consideramos valioso e importante para nosotros.

2. No haber trabajado tanto.

Esta queja está relacionada con la anterior, ya que parece que el puesto de trabajo sea un medio para mostrar nuestra valía al mundo y demostrar que somos personas dignas. También convertimos el trabajo como un medio para poder alcanzar otros objetivos (ej., comprarse un automóvil), e incluso puede llegar a ser un refugio de nuestras preocupaciones, una especie de santuario “para no pensar”. Pero si le dedicamos mucho tiempo al trabajo y descuidamos otras facetas de nuestra vida, ésta queda reducida a cómo de bueno eres en tu trabajo y esto es un terreno pantanoso.

3. No haber tenido el coraje de haber expresado lo que sentía.

Decirle a nuestros padres o pareja que los queremos, o por el contrario decir a alguien que no estamos pasando por un buen momento parece que sea una tarea cada vez más dura. “Si ya lo sabe”, “ya se lo diré otro día”, “¿de qué me serviría?” … Estas son frases que muestran nuestras actitudes hacia la expresión de los sentimiento y emociones. En la actualidad parece que no tenemos tiempo para casi nada y mucho menos para poder expresar cómo nos sentimos. En nuestra sociedad sigue siendo una asignatura pendiente aprender una forma adecuada de expresar lo que sentimos y es una lástima, puesto que muchas veces esta actitud nos aleja de los seres que más nos importa y en algunas ocasiones cuando queremos mostrar nuestros pensamientos o lo que pensamos a alguien puede ser demasiado tarde, viniendo luego los arrepentimientos.

4. No haber tenido más contacto con las personas que quería.

Trabajar duro dedicándole mucho tiempo y no expresar lo que sentimos son dos ingredientes importantes para ir perdiendo poco a poco el contacto con las personas importantes en nuestras vidas. El ritmo frenético que tenemos hoy solo nos permite tener tiempo para descansar en el sofá para para recuperar fuerzas para la mañana siguiente hacer más de lo mismo. Sacar tiempo para hablar o tomarse un café con un amigo y disfrutar de su compañía parece cada día más una entelequia que algo que podemos conseguir.

5. Haber estado buscando la felicidad continuamente y no apreciar lo que tenía.

Haber dedicado nuestra vida a conseguir objetivos y metas como si de una factoría se tratase nos ha hecho pensar que la felicidad es una más de esas metas, hemos “cosificado” este concepto como si un producto de supermercado se tratase. Esto hace que nos dediquemos a buscar la felicidad en aquellas cosas que nos venden las personas que parecen felices (ej., cuerpo atlético, automóvil de alta gama, viajar sin parar, etc.) y si tú no puedes acceder a eso, serás infeliz. Nos olvidamos de que la felicidad no es un destino si no un viaje, y que hay muchas más cosas por el camino que lo que nos han vendido como “productos de felicidad” y son cosas que podemos tener a mano.

Estos arrepentimientos en nuestra etapa final tienen en común una vida dedicada a la consecución de objetivos sin prestar atención a nuestros valores. Pareciera que el modelo industrial de producción en cadena ha permeado nuestra forma de vivir. Conseguir el título escolar, luego secundaria, bachillerato, universidad, máster, doctorado… Estamos continuamente persiguiendo una zanahoria y ésta parece ser lo único que nos motiva a movernos, pero cuando se consigue no estamos contentos o dura muy poco esa sensación de plenitud, porque enseguida estamos buscando otra meta, otro objetivo.

Aquiles pudo elegir vivir una vida larga y rica en placeres y reconocimientos, donde su nombre al final sería olvidado. En cambio, este héroe griego prefirió elegir una vida corta, pero al servicio de lo que él consideraba importante, mostrar su valía en combate, lo que era un valor para él. Hoy en día no es necesario mostrar nuestro desempeño en una guerra para sentir que somos fieles a un valor, esto era una visión que se tenía en la Grecia clásica y solo alcanzable para unos pocos privilegiados que podían acudir a las batallas. Por fortuna, nuestra cultura, en este aspecto, ha cambiado y podemos elegir vivir a razón de muchos otros valores.

Pero, ¿qué es un valor?  Los valores se definen como direcciones vitales globales, elegidas, deseadas que nos moviliza a llevar una vida significativa. Un valor puede alcanzarse a partir de la conducta, pero nunca pueden ser conseguidos como un objeto. La calidad de vida, la realización personal o el desarrollo de una relación de compromiso e intimidad nunca se completan del todo y perfectamente, no son tareas que se acaben en algún momento, que terminen, sino que siempre se podrá tener una mejor calidad de vida, crecer profesionalmente o enriquecer una relación. Como los valores no tienen fin, nunca se realizan completamente, están siempre presentes como horizonte o como el marco nuestro comportamiento (Páez-blarrina, Gutiérrez-martínez, & Valdivia-salas, 2006).

Los valores se diferencian de los objetivos en que los primeros son direcciones para avanzar, mientras que los objetivos/metas es lo que queremos lograr en el camino. Un valor es como la dirección norte; una meta es como la carretera o montaña o valle que pretendemos cruzar al viajar en esa dirección. Las metas pueden ser conseguidas o eliminadas, mientras que los valores son un proceso continuo. Por ejemplo, si quieres ser un amante cariñoso y hacer crecer a tu pareja (esto es un valor) aunque tengas un mal día o incluso si has discutido con tu pareja, puedes elegir hacer acciones para seguir la dirección de tu valor. Por el contrario, si quieres casarte, lo que es una meta, puedes conseguirlo o no, pero una vez te has casado ya lo has conseguido y si esto te motivaba para estar con tu pareja, hay que buscar otra meta para continuar con ella.

Hayes (2013) nos propone un ejercicio para descubrir los valores que nos pueden ayudar a seguir una vida más significativa:

Visualízate mentalmente asistiendo al funeral de un ser querido. Mientras caminas dentro del edificio adviertes las flores, y la suave música. Ves los rostros de amigos y parientes. Sientes la pena compartida de la pérdida y la alegría de haber conocido al difunto.

Cuando llegas al ataúd y miras dentro, de pronto quedas cara a cara contigo mismo. Es TU PROPIO FUNERAL. Todas esas personas han ido a rendirte un último homenaje, a expresar sentimientos de amor y aprecio por tu persona.

Cuando tomas asiento y esperas a que comience el servicio religioso, miras el programa que tienes en la mano. Habrá 4 oradores: el primero pertenece a tu familia (la familia inmediata y la extensa: hijos, hermanos y hermanas, sobrinos y sobrinas, tíos y tías, primos y abuelos, venidos desde distintos puntos del país). El segundo orador es uno de tus amigos, alguien que puede hablar de lo que fuiste como persona. El tercer orador es un colega o compañero de trabajo. Y el cuarto proviene de alguna organización comunitaria en la que hayas servido.

Ahora piensa profundamente. ¿Qué es lo que te gustaría que cada uno de esos oradores dijera de ti y de tu vida? ¿Qué tipo de esposo o esposa, novio o novia, padre o madre, te gustaría que reflejaran sus palabras? ¿Qué clase de hijo, hija o primo? ¿Qué clase de amigo? ¿Qué clase de compañero de trabajo? ¿Qué carácter te gustaría que ellos hubieran visto en ti? ¿Qué aportaciones, qué logros quieres que ellos recuerden?

Mira con cuidado a las personas que te rodean. ¿Cómo te gustaría haber influido en sus vidas?

Así que llegado el momento de partir junto al barquero hacia el hades, podemos echar un vistazo atrás y ver si nuestra vida ha sido una continua huida de la batalla por miedo y con la intención de cumplir los deseos y expectativas de todos menos las nuestras o, si, por el contrario, hemos sido dignos rivales y hemos luchado según nuestros valores y así reclamar nuestra bella muerte.

Bibliografía.

Hayes, S., (2013). Sal de tu mente, entra en tu vida. La nueva terapia de aceptación y compromiso. Bilbao: Desclée de Brouwer.

Jean-pierre, V. (2001). La bella muerte y el cadáver ultrajado, El individuo, la muerte y el amor en la antigua Grecia (pp.45-80). Barcelona: Paidós.

Páez-blarrina, M., Gutiérrez-martínez, O., & Valdivia-salas, S. (2006). Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) y la importancia de los valores personales en el contexto de la terapia psicológica. International Journal of Psychology and Psychological Therapy, 6, 1–20.

Ware, B. (2012). The Top Five Regrets of the Dying: A Life Transformed by the Dearly Departing

5 mayo, 2018

2 responses on "Una bella muerte"

  1. Magnifico artículo, felicidades al autor. Excelente interpretación y explicación de la muerte, sus facetas y su historia! Felicidades!

  2. Óscar Sade Barría5 mayo, 2018 at 12:57

    Excelente artículo tratado de manera simple no obstante su profundidad. Una gran verdad..

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